Hasta que vuelva a abrazarte…

Hasta que vuelva a abrazarte…

Mi Nelly:

No sé ni por dónde empezar.

Llevo días sintiendo que no puedo respirar y creo que escribirte es la única forma que tengo de volver a encontrarte un ratito.

¿Tú sabes qué es lo más impresionante de todo esto?

Que desde el primer día que te conocí, yo supe que tú no ibas a ser una compañera de trabajo más.

Hay personas que llegan y simplemente pasan.

Pero contigo fue diferente.

No sé cómo explicarlo. Solo sentí que había conocido a alguien demasiado especial. Alguien que iba a dejar una marca en mi vida.

Y no me equivoqué.

Tú nunca fuiste una amiga cualquiera.

Tú fuiste mi norte.

La persona que me ayudó a creer que la mejor versión de mí le hacía bien al mundo.

Tú viste en mí cosas que yo todavía no podía ver.

Viste mis errores, sí, pero nunca me hiciste sentir definida por ellos. Nunca me señalaste. Nunca me hiciste sentir menos.
Siempre encontrabas la forma de recordarme que yo podía ser mejor.
Y no porque yo fuera una mala persona.
Sino porque tú sabías que dentro de mí había una mujer que todavía estaba aprendiendo a salir.
Todavía puedo verme montándome en tu guagua aquel día.

Llorando sin parar.

Mientras tú seguías guiando, tranquila, haciendo tus diligencias como si lo único importante en ese momento fuera que yo sintiera que no estaba sola.

Todavía puedo escuchar tu voz diciéndome:

“Te entiendo, amiga.

Todos cometemos errores.

Pero tú eres mejor que eso.”

No sé si alguna vez te dije cuánto cambiaron mi vida esas palabras.

Creo que nunca te lo dije.

Como tampoco creo haberte dicho que, desde que llegaste a mi vida, empecé a convertirme en una mejor mujer.

No porque me lo exigieras.

Nunca.

Simplemente porque tu manera de vivir me inspiraba.

Tú no compartías mi religión, pero fuiste una de las personas que más despertó en mí el deseo de acercarme a Jehová.

Porque tú me enseñaste, sin darte cuenta, que siempre podemos ser mejores.

Mejores al hablar.

Mejores al tratar a los demás.

Mejores al vivir.

Y eso nunca se me va a olvidar.

Éramos tan diferentes.

Y qué cosa tan curiosa…

Porque tú eras exactamente lo que yo necesitaba.

Tú con tu matcha, que tanto intentaste que me gustara y nunca pudiste.

Tú siendo vegana porque no soportabas pensar que un animal sufriera.

Tú, corrigiendo todos los acentos porque yo nunca ponía ninguno

Tú negándome siempre una copa de vino porque simplemente eso nunca fue contigo.

Tú sufriendo por cada perrito que veías en la calle. Estoy segura de que, si hubiera dependido de ti, los habrías rescatado a todos.

Éramos diferentes.

Pero parecíamos hechas para encontrarnos.
Tú eras la calma que mi vida necesitaba.
Yo siempre te decía que eras mi gasolina.
Y lo eras.
Porque tú sabes cómo soy.
Sabes que me emociono con mil proyectos.
Que empiezo con toda la fuerza.
Y que, de momento, me desconecto.
Entonces aparecías tú.

Con una llamada.

Con una idea.

Con una palabra.

Y volvías a encender el motor.

Hicimos tantas cosas juntas.

Nuestro vision board.

Nuestros cursos.

Nuestros libros.

Nuestros desayunos.

Nuestros sueños.

Compartíamos hasta un correo electrónico.
Si una compraba un curso, era de las dos.
Si una aprendía algo, era para las dos.
Nunca existió competencia entre nosotras.
Solo existía ese deseo inmenso de ver crecer a la otra.
Y eso es tan difícil de encontrar.

Después llegó el cáncer.

Y todavía me cuesta escribir esa palabra.
Porque siento que ese día comenzó una despedida que ninguna de las dos quería vivir.

Yo tuve fe.

Mucha fe.

Cuando te cortaste aquel pelo largo y hermoso, seguí creyendo que ibas a salir de esto.

Quería creerlo.

Lo necesitaba.

Pero pasaban los meses…

Y yo no te veía mejorar.

Te veía irte.

Durante dos años sentí que la enfermedad me iba robando a mi amiga poquito a poco.
Y aun así seguimos hablando casi todos los días.
Seguimos soñando.
Seguimos compartiendo.
Todavía querías saber de mis proyectos.
Todavía me seguías impulsando.
Hasta enferma seguías pensando en mí.
Muchas veces quise pasar más tiempo contigo.
Y siempre me decías que no querías quitarme tiempo con mi bebé.
Pero yo necesitaba estar contigo.
Porque tú habías estado conmigo.
Y jamás iba a dejarte sola.

Nunca.

Estos últimos días no salen de mi cabeza.
Ayer por la mañana te abracé.
Recosté tu cuerpo sobre el mío.
Y podía sentir cada uno de tus huesitos.
Nunca voy a olvidar esa sensación.

Nunca.

Te abracé

Te besé.

Te repetí una y otra vez cuánto te quería.

Cuánto te amaba.

Recogí tu vómito con mis manos.
Y lo volvería a hacer una y mil veces.
Porque cuando uno ama de verdad, esas cosas dejan de importar.
Lo único importante eras tú.
Hay una pregunta que me rompe el corazón.
Y es si alguna vez llegaste a entender lo importante que fuiste para mí.
Si alguna vez supiste que no eras solamente mi amiga.
Que eras uno de los pilares de mi vida.
Que eras esa persona que me ayudaba a encontrarme cuando yo misma me perdía.
Que muchas de las decisiones que tomé para ser una mejor mujer comenzaron porque tú me inspiraste.
No sé si lo sabías.
Pero una semana antes de irte me escribiste algo.

“Hermana, te quiero tanto, me sentí tan protegida por ti”

Y desde entonces quiero creer que sí.
Que sí lo sabías.
Que sí sentías cuánto te amaba.
Hoy mi corazón está roto.
En pedazos.
Siento un vacío que no sé cómo explicar.
Siento que me falta el aire.
Y al mismo tiempo siento una gratitud inmensa.
Porque entre millones de personas en este mundo…
La vida me permitió encontrarte.

Gracias por cada regaño.

Gracias por cada libro.

Gracias por cada desayuno.

Gracias por cada proyecto.

Gracias por no juzgarme nunca.

Gracias por creer en mí cuando yo todavía estaba aprendiendo a creer en mí.
Gracias por ayudarme a descubrir una mujer que ni siquiera yo conocía.
Hoy sé que ya no estás sufriendo.
Y eso calma un poquito este dolor tan grande.
También sé que la muerte no tendrá la última palabra.
Esa esperanza es la que me sostiene mientras intento aprender a vivir sin ti.
Pero, mientras llega ese día…
Prometo algo.
Prometo seguir buscando esa mejor versión de mí que tú siempre veías.
Prometo seguir tratando a las personas con la misma compasión con la que tú me trataste.
Prometo seguir aprendiendo.
Seguir creciendo.
Seguir soñando.
Porque esa será mi manera de llevarte conmigo.
Y porque, aunque hoy no pueda volver a abrazarte…
Hay algo que ni el cáncer, ni la muerte, ni el tiempo podrán quitarme jamás.
El inmenso privilegio de haber sido tu amiga.
Te amo.
Y siempre te voy a amar.
Cuando vuelva a abrazarte,

Voy a darte las gracias.

Porque, aunque para mi corazón el tiempo que vivimos juntas fue demasiado poco, fue suficiente para cambiar mi vida para siempre.

Gracias por encontrarme.

Gracias por quedarte.

Gracias por hacerme mejor.

Y aunque ahora me toca aprender a caminar sin ti, encuentro paz al saber que ya no sufres, que ahora descansas.

Tengo la fe de que este no fue nuestro último abrazo.

Nos vamos a volver a encontrar.

Te amo, mi Nelly.

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